POR SUSANA LLANEZA BARRERA
En este mercado globalizado en el que hoy en día nos jugamos los cuartos, no es nada nuevo decir que quién no se diferencia, quién no innova, tiene sus días contados. La competencia de los mercados se ha hecho feroz.
Considero que esta lucha no ha de ser sólo a nivel de producto, sino que se debe trasladar a todos los ámbitos de la organización. No debemos olvidar que la batalla tiene lugar “en vivo”, “en directo” y, a este nivel, la diferencia entre unas organizaciones y otras depende casi exclusivamente de su capital humano. Las personas son imprescindibles para el progreso.
Por tanto, si queremos ir por delante, debemos contagiar la necesidad de innovar, de reinventar la empresa, a todas las áreas de la organización, debemos adaptar la estructura de la misma cada día a la época actual. Y esto, se consigue a través de un incremento en la formación que se lleva a cabo en el puesto de trabajo y por la que se pretende el reciclaje continuo de conocimientos a fin de que los trabajadores se mantengan siempre en primera línea. La especialización del personal se hace por tanto imprescindible. En este entorno, las organizaciones orientadas a la innovación constante, experimentan un cambio de visión: los trabajadores no trabajan sólo para vivir, sino también para crecer y desarrollarse profesionalmente.
El Comité para la Política Científica y Tecnológica de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha llevado a cabo una serie de estudios que concluyen una creciente importancia del capital humano para un crecimiento económico impulsado por la innovación y el progreso tecnológico. Se le considera una fuente incesante de creación de riqueza, situándosele al mismo nivel que tiene el capital financiero.
En España, también se refleja este interés por la repercusión del capital humano a través de iniciativas tales como los programas “Ramón y Cajal” del Ministerio de Ciencia Y Tecnología, que fomentan la contratación de investigadores, como fuente de conocimiento, por parte de las empresas.
Pero, hay algo que debemos tener claro para que la cosa funcione: a estos “trabajadores innovadores”, hay que dejarlos trabajar. En este sentido, la gerencia debe estar en todo momento alineada con la idea de innovar. Es importante estar abiertos a cómo piensan los otros miembros del equipo y no cometer el error de censurar a los que no opinen igual que yo. El conseguir un equipo con diversidad intelectual es clave de éxito en la organización.
Así, el empresario innovador busca la diferenciación, no sólo a nivel de producto o servicio sino en la forma de llevar a cabo sus proyectos, tareas, procesos… Esto, frecuentemente choca con la premisa empresarial de minimizar riesgos, ya que identificamos innovación con riesgo. Tradicionalmente, se ha fomentado el hacer las cosas a tiempo, reducir la ineficacia y vigilar duramente los costes. Y si bien, esto es crucial en cualquier organización, no debemos olvidar que el cambio, la innovación, necesita tiempo y que debemos conceder a los trabajadores la posibilidad de equivocarse. Como dijo la escritora Erica Jong “si no arriesgas nada, arriesgas mucho más”.
Esta idea es comunicada a los trabajadores de Prodintec a nuestra manera: “Innovar es arriesgado pero más arriesgado es no innovar”.
Susana Llaneza Barrera



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